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domingo, 16 de enero de 2011

¿Qué es el arte?

¿Qué es el arte?
¿CUÁL es la escena más hermosa que ha contemplado jamás? ¿Una puesta de sol tropical, unas montañas nevadas, un paisaje desértico en plena floración, un colorido bosque en toda su belleza otoñal?

Casi todos conservamos gratos recuerdos de algún momento especial en el que la belleza de la Tierra nos cautivó. Si las circunstancias nos lo permiten, nos gusta pasar las vacaciones en lugares paradisíacos, y tratamos de captar en fotografía las escenas más memorables.

La próxima vez que contemple este esplendor natural, trate de reflexionar. ¿Verdad que si todos los cuadros de una galería de arte fueran anónimos le daría la sensación de que allí falta algo? Si la calidad y la belleza de los cuadros de una exposición le impresionaran, ¿no querría saber quién fue el artista que los pintó? ¿Deberíamos entonces sentirnos satisfechos con solo contemplar las hermosas maravillas de la Tierra sin pensar en el Artista que las creó?

Cierto, hay quienes afirman que en la naturaleza no hay nada que pueda llamarse arte, que el arte requiere la habilidad creativa del hombre y la interpretación que este le dé. Pero esta definición de arte quizás es demasiado restringida. ¿Qué es exactamente el arte?

Qué es el arte



Aunque probablemente no existe una definición de arte que satisfaga a todo el mundo, la explicación que se recoge en el Webster’s Ninth New Collegiate Dictionary es tan válida como cualquier otra: “Ejercicio consciente de la habilidad y la imaginación creativa, particularmente en la producción de obras estéticas”. Según esta acepción, podemos decir que un artista debe tener habilidad e imaginación creativa. Al ejercer estas dos aptitudes, puede crear algo que resulte agradable o atractivo.

¿Es solo en las obras de arte humanas donde se percibe habilidad e imaginación, o también en la naturaleza que nos rodea?

Las majestuosas secuoyas de California, los extensos arrecifes coralíferos del Pacífico, las imponentes cataratas de las pluviselvas y las magníficas manadas de la sabana africana son, de muchas maneras, de mayor valor para la humanidad que la “Monna Lisa”. De ahí que la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) haya declarado el Parque Nacional Redwood (E.U.A.), famoso por sus secuoyas rojas, las Cataratas del Iguazú (entre Argentina y Brasil), la Gran Barrera de Arrecifes (Australia) y el Parque Nacional del Serengeti como parte del “Patrimonio mundial” de la humanidad.

Estos tesoros naturales figuran al lado de monumentos construidos por el hombre. Lo que se pretende es conservar todo aquello que tenga “valor excepcional universal”. La UNESCO sostiene que la belleza, sea la del Taj Mahal (India) o la del Gran Cañón (E.U.A.), merece protegerse por el bien de futuras generaciones.

Pero no hace falta visitar un parque nacional para observar habilidad creativa. Un ejemplo superlativo de dicha habilidad lo tenemos en el propio cuerpo humano. Los escultores de la antigua Grecia consideraban la figura humana como el arquetipo de la excelencia artística, y trataban de representarla con la mayor perfección posible. Con el conocimiento que tenemos hoy día sobre el funcionamiento del cuerpo humano, podemos apreciar aún más la consumada habilidad que se manifiesta en su creación y diseño.

¿Y qué puede decirse de la imaginación creativa? Observe la exquisita belleza de los dibujos que presenta la temblorosa cola desplegada del pavo real, los delicados pétalos de una rosa o los veloces movimientos de ballet que realiza un brillante colibrí. Desde luego, todo el talento artístico evidente en esos ejemplos merecía la calificación de arte aun antes de que alguien lo plasmara en un lienzo o una película. Un escritor de National Geographic, intrigado por los filamentos color azul lavanda de una flor de la familia de las tacáceas, preguntó a un joven científico para qué servían. La respuesta que recibió fue muy sencilla: “Ponen de manifiesto la imaginación de Dios”.

En la naturaleza abundan los ejemplos de habilidad e imaginación creativa, y estos han sido una constante fuente de inspiración para los artistas humanos. El famoso escultor francés Auguste Rodin dijo: “El artista es el confidente de la naturaleza. Las flores conversan con él mediante la graciosa curvatura de sus tallos y los armoniosos colores de sus pétalos”.

Algunos artistas reconocen abiertamente sus limitaciones cuando tratan de emular la belleza natural. “La verdadera obra de arte no es más que una sombra de la perfección divina”, confesó Miguel Ángel, uno de los artistas más grandes de todos los tiempos.

La belleza de la naturaleza puede conmover profundamente tanto a artistas como a científicos. En su libro La mente de Dios, Paul Davies, profesor de Física matemática, explica que, “es frecuente incluso que ateos convencidos tengan lo que se ha dado en llamar un sentido de reverencia hacia la naturaleza, una fascinación y un respeto por su profundidad, su belleza y sutileza, no muy lejano del sentimiento religioso”. ¿Qué debería enseñarnos todo esto?

El artista que hay detrás

Un estudiante de arte se informa acerca del artista para entender y apreciar su arte; reconoce que su obra es un reflejo de sí mismo. El arte que se manifiesta en la naturaleza también refleja la personalidad de su creador: el Dios Todopoderoso. “Las cualidades invisibles de él se ven claramente [...] por las cosas hechas”, expresó el apóstol Pablo. (Romanos 1:20.) Lo que es más, el Hacedor de la Tierra no es un personaje anónimo. Como Pablo dijo a los filósofos atenienses de su día, “[Dios] no está muy lejos de cada uno de nosotros”. (Hechos 17:27.)

Las obras de arte de la creación de Dios tienen una razón de ser, no son producto de la casualidad. Además de enriquecer nuestra vida, ponen de manifiesto la habilidad, imaginación y grandeza del Artista más grande, el Diseñador Universal, Jehová Dios.

g95 8/11 págs. 3-5 ¿Qué es el arte?

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