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lunes, 5 de septiembre de 2011

El regreso de los microbios: por qué se han vuelto resistentes

El regreso de los microbios: por qué se han vuelto resistentes


TODO parece indicar que los virus, las bacterias, los protozoos y los hongos, así como otros microorganismos, han existido desde que comenzó la vida en la Tierra. Aunque constituyen las formas de vida más simples que habitan nuestro planeta, su increíble adaptabilidad les permite sobrevivir donde ningún otro ser puede hacerlo. Por ejemplo, se encuentran tanto en las abrasadoras fuentes termales de los lechos marinos como en las gélidas aguas del océano Ártico. En la actualidad, estos microbios repelen con éxito el ataque más intenso de su historia: el de los fármacos antimicrobianos.

Hace cien años se sabía que algunos microorganismos, o microbios, causaban determinadas enfermedades, pero nadie había oído hablar de medicinas capaces de combatirlos. Cuando alguien contraía una grave infección, los médicos poco podían hacer salvo brindarle apoyo moral. El sistema inmunológico del enfermo tenía que vencer la infección por sí mismo. Si sus defensas no estaban fuertes, las consecuencias eran a menudo trágicas. La gente moría incluso por un pequeño rasguño infectado.

Es lógico, pues, que el descubrimiento de los primeros medicamentos antimicrobianos seguros —los antibióticos— revolucionara el mundo de la medicina. El empleo terapéutico de las sulfamidas en la década de 1930 y de sustancias como la penicilina y la estreptomicina en los años cuarenta dio paso a un aluvión de descubrimientos en las décadas subsiguientes. Para los años noventa, el arsenal de antibióticos incluía unos ciento cincuenta compuestos, agrupados en quince familias.

Expectativas frustradas

En las décadas de 1950 y 1960 hubo quienes comenzaron a celebrar la victoria sobre las infecciones. Algunos microbiólogos incluso creyeron que dichas dolencias pronto serían un mero y triste recuerdo. En 1969, el director general de Salud Pública de Estados Unidos declaró ante el Congreso que en breve la humanidad podría “olvidarse para siempre de las enfermedades infecciosas”. En 1972, el premio Nobel Macfarlane Burnet, en colaboración con David White, escribió: “El pronóstico más probable sobre el futuro de las enfermedades infecciosas es que lo van a tener muy negro”. En efecto, algunos pensaron que tales afecciones podrían eliminarse de una vez por todas.

Al creer que las infecciones habían sido derrotadas, se generalizó un exceso de confianza. Una enfermera familiarizada con la grave amenaza que constituían los microbios antes de la aparición de los antibióticos observó que algunas colegas jóvenes habían descuidado las normas básicas de higiene. Cuando les recordó que se lavaran las manos, le contestaron: “No se preocupe, ahora tenemos antibióticos”.

Sin embargo, la dependencia y el abuso de los antibióticos han tenido consecuencias desastrosas. Las enfermedades infecciosas han persistido y, peor aún, se han convertido en la principal causa de muerte del mundo. Otros factores que han contribuido a la propagación de tales afecciones son el caos de la guerra, el aumento de la desnutrición en los países en desarrollo, la falta de agua limpia, las malas condiciones higiénicas, los rápidos medios de transporte internacional y el cambio climático mundial.

Bacterias resistentes

La increíble resistencia de los microbios comunes se ha convertido en un grave problema, algo que poca gente esperaba. Sin embargo, en retrospectiva, debería haberse previsto que estos microorganismos terminarían por hacerse inmunes a los medicamentos. ¿Por qué? Veamos, por ejemplo, lo que sucedió con el DDT, insecticida descubierto a mediados de los años cuarenta. Los lecheros aplaudieron el invento, ya que las moscas desaparecían en cuanto se aplicaba el veneno. Sin embargo, unas cuantas moscas sobrevivieron, y las siguientes generaciones heredaron la inmunidad contra el DDT. En poco tiempo, estos insectos inmunizados se multiplicaron por millares.

Incluso antes de que se utilizara el DDT, y de que la penicilina saliera a la venta en 1944, las bacterias patógenas ya habían dado muestras de su prodigioso arsenal defensivo. El doctor Alexander Fleming, descubridor de la penicilina, conocía el problema. En su laboratorio observó cómo sucesivas generaciones de Staphylococcus aureus —bacteria que medra en los hospitales— desarrollaban una pared celular cada vez más resistente al medicamento que él había descubierto.

Hace ya unos sesenta años, las observaciones del doctor Fleming lo motivaron a dar la advertencia de que las bacterias dañinas de una persona infectada podían hacerse inmunes a la penicilina. De modo que si las dosis de antibiótico no mataban suficientes bacterias, las generaciones sucesivas de tales microbios serían resistentes al medicamento y se multiplicarían. Por consiguiente, la enfermedad resurgiría, pero entonces la penicilina no podría curarla.

El libro The Antibiotic Paradox (La paradoja de los antibióticos) comenta: “Las predicciones de Fleming se cumplieron de un modo mucho más devastador del que jamás imaginó”. ¿Cómo ha podido suceder? Pues bien, en algunas cepas de bacterias, los genes —los planos en miniatura contenidos en el ADN— producen enzimas que anulan la penicilina. Por tal razón, a menudo es inútil incluso la administración prolongada de este medicamento, lo cual ha supuesto, sin duda, un duro golpe.

En un intento por ganar la batalla contra las enfermedades infecciosas, desde 1940 hasta 1970 salieron con regularidad al mercado nuevos antibióticos. También se descubrieron algunos en las décadas de 1980 y 1990. Estos nuevos antibacterianos podían curar infecciones ocasionadas por microbios resistentes a fármacos anteriores. Pero en cuanto pasaban varios años, surgían cepas de bacterias que desafiaban también a estos últimos productos.

Los científicos han descubierto que el sistema de defensa de las bacterias es asombrosamente ingenioso. Por ejemplo, son capaces de modificar su pared celular a fin de impedir que penetre el antibiótico o alterar su funcionamiento para que no logre matarlas. Por otro lado, las bacterias pueden expulsarlo tan pronto entra o sencillamente anular sus efectos descomponiéndolo.

Dado que el uso de antibióticos ha aumentado, las cepas de bacterias resistentes se han multiplicado y propagado. ¿Quiere decir eso que los antibióticos son un completo fracaso? No, al menos en la mayoría de los casos. Si uno de ellos no cura cierta infección, por lo general lo logra otro. La resistencia de los microbios ha constituido un verdadero problema, pero hasta el día de hoy se ha podido controlar.

Resistencia a varios fármacos

Con el tiempo, los científicos descubrieron con horror que las bacterias intercambian genes entre ellas. Al principio se creyó que eso solo sucedía entre bacterias de la misma clase, pero luego se hallaron los mismos genes resistentes en bacterias completamente diferentes. Por medio de tales intercambios, distintos tipos de bacterias se han hecho inmunes a muchos medicamentos de uso común.

Por si fuera poco, estudios realizados en los años noventa revelaron que algunas bacterias pueden desarrollar resistencia por sí mismas. Incluso en presencia de un solo antibiótico, algunas se hacen inmunes a varios fármacos, tanto naturales como sintéticos.

Perspectivas nada halagüeñas

Aunque la mayoría de los antibióticos todavía suelen funcionar, ¿lo harán en el futuro? El libro The Antibiotic Paradox señala: “Ya no podemos esperar que una infección se cure con el primer antibiótico que tomamos”. Y añade: “En algunas partes del mundo, el que haya un número limitado de antibióticos equivale a que no haya ninguno que sea eficaz. [...] La gente sufre y muere a causa de enfermedades que, según las predicciones de hace cincuenta años, iban a ser eliminadas de la faz de la Tierra”.

Las bacterias no son los únicos microbios que se han hecho resistentes a las medicinas. Los virus, al igual que los hongos y otros diminutos parásitos, han demostrado una enorme adaptabilidad, de modo que han surgido cepas que amenazan con frustrar todos nuestros esfuerzos por descubrir y producir fármacos capaces de combatirlos.

Entonces, ¿qué puede hacerse? ¿Es posible eliminar, o al menos contener, la farmacorresistencia de los microbios? ¿Cómo pueden los antibióticos y otros antimicrobianos seguir combatiendo con éxito los gérmenes en un mundo cada vez más acuciado por las enfermedades infecciosas?

[Notas]

El término antibiótico se utiliza comúnmente para referirse a aquellos fármacos que combaten las bacterias. La palabra antimicrobiano es más general y abarca todos aquellos medicamentos que batallan contra los microbios patógenos, sean estos virus, bacterias, hongos o diminutos parásitos.

Los insecticidas son venenos, pero también lo son los medicamentos. Ambos han resultado ser útiles y a la vez perjudiciales. Aunque los antibióticos matan las bacterias dañinas, también eliminan las beneficiosas.

¿Qué son los fármacos antimicrobianos?

  Los antibióticos que nos receta el médico pertenecen a un grupo de fármacos denominados antimicrobianos, a los que se incluye en la categoría de quimioterapia (tratamiento de las enfermedades con sustancias químicas). Aunque este procedimiento médico suele vincularse con el cáncer, originalmente se usaba —y todavía se usa— con referencia al tratamiento de las enfermedades infecciosas, en cuyo caso recibe el nombre de quimioterapia antimicrobiana.

  Los microorganismos, o microbios, son diminutas formas de vida que solo pueden verse al microscopio, y los antimicrobianos son productos químicos que combaten los microbios causantes de enfermedades. Lamentablemente, estos medicamentos también atacan a los microbios beneficiosos.

  En 1941, Selman Waksman, codescubridor de la estreptomicina, utilizó el término antibiótico para referirse a sustancias antibacterianas producidas por ciertos microorganismos. Los antibióticos, al igual que otros antimicrobianos empleados con fines terapéuticos, se consideran valiosos debido a su toxicidad selectiva, es decir, su capacidad para envenenar a los microbios sin intoxicar gravemente a las personas.

  Con todo, no hay antibiótico que no entrañe por lo menos cierto grado de toxicidad para el ser humano. El margen entre la eficacia del medicamento y su toxicidad se llama índice terapéutico. Cuanto mayor sea dicho índice, más seguro será el fármaco, y cuanto menor sea, más peligroso. De hecho, se han descubierto miles de sustancias antibióticas, pero la mayoría de ellas no pueden utilizarse con fines medicinales porque son demasiado tóxicas para el hombre o para los animales.

  El primer antibiótico natural para uso interno fue la penicilina, sustancia segregada por un hongo denominado Penicillium notatum. La penicilina se administró por primera vez de forma intravenosa en 1941. Poco después, en 1943, se aisló la estreptomicina, fármaco obtenido a partir de la bacteria Streptomyces griseus, que habita en el suelo. Con el tiempo se descubrieron numerosos antibióticos producidos por microorganismos y se fabricaron muchos más sintéticamente. Pese a ello, las bacterias se han hecho resistentes a gran parte de estos medicamentos, convirtiéndose en una amenaza para la salud mundial.

g03 22/10 p. 4-6



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