CHRISTOPHER era un niño hermoso y bueno que dejó de responder a su nombre a los 18 meses de edad. Al principio parecía que estaba sordo; no obstante, siempre percibía el ruido del papel de los caramelos.
Con el tiempo fueron apareciendo otras conductas extrañas. En vez de jugar con los automóviles de juguete del modo normal, daba vueltas a las ruedas continuamente. Adquirió un interés inusitado en los líquidos, que vertía a la menor oportunidad. Esta afición, unida a la de subirse a lugares elevados, produjo muchas situaciones peligrosas y causó una gran inquietud en su madre.
Lo más perturbador de todo era su desinterés por los demás; en muchas ocasiones parecía estar mirando a la gente sin verla. A los 2 años de edad había dejado de hablar por completo. Pasaba gran parte del tiempo meciéndose, y tenía fuertes berrinches por razones normalmente desconocidas para sus padres, quienes, perplejos, empezaron a buscar una explicación.
¿Qué le sucedía a Christopher? ¿Era un niño malcriado, desatendido, retrasado mentalmente o esquizofrénico? No, Christopher es una de las por lo menos trescientas sesenta mil personas que padecen autismo en Estados Unidos. Este trastorno misterioso afecta a 4 ó 5 de cada 10.000 niños de todo el mundo, causando toda una serie de problemas de por vida.
El autismo es una disfunción cerebral caracterizada por un desarrollo anormal del pensamiento, de la capacidad de comunicarse y de la conducta social. Altera el procesamiento de la información recibida mediante los sentidos, lo que produce en los sujetos afectados una reacción exagerada ante algunas sensaciones (imágenes, sonidos, olores, etcétera) y falta de respuesta ante otras. El deterioro causado por el autismo da lugar a un conjunto de comportamientos extraños. Los síntomas, que suelen aparecer antes de los 3 años, pueden variar notablemente de un niño a otro. Examine los siguientes ejemplos:
Imagínese que trata con amor a su precioso hijo y no obtiene respuesta. Esto sucede con frecuencia con los niños autistas. La mayoría de ellos prefieren estar solos a relacionarse con la gente. No les gusta que los abracen, rehúyen la mirada de los demás y tratan a las personas como objetos, sin apenas tener en cuenta sus sentimientos. En algunos casos extremos, da la impresión de que no distinguen entre su familia y los extraños. Es como si vivieran en un mundo propio, indiferentes a las personas y los sucesos de su entorno. El término “autismo”, derivado del griego au·tós, que significa “mismo”, se refiere a este ensimismamiento.
En contraste con su desapego por la gente, los niños autistas se sienten atraídos hacia determinados objetos y actividades, que acaparan toda su atención por varias horas seguidas de un modo raro y reiterativo. Por ejemplo, en vez de jugar con los autos de juguete como si fueran reales, los colocan en filas rectas y ordenadas o dan vueltas y vueltas a las ruedas. El comportamiento reiterativo se manifiesta de más formas. Muchos se resisten a cambiar su rutina; se empeñan en hacer siempre las cosas exactamente de la misma manera.
Los niños autistas también responden de un modo desacostumbrado a los sucesos y a las situaciones que se les presentan. Sus respuestas pueden ser desconcertantes, pues la mayoría son incapaces de describir lo que están experimentando. Casi la mitad son mudos, y los que hablan generalmente usan las palabras de forma insólita. En lugar de contestar a una pregunta diciendo sí, se limitan a repetir la pregunta (fenómeno llamado ecolalia). Algunos utilizan expresiones que parecen extrañamente fuera de lugar y que solo pueden entender quienes conocen su “código”. Por ejemplo, un niño usó la frase “está muy oscuro afuera” para referirse a una ventana. A muchos les es difícil también hacer ademanes, y gritan o se encolerizan para indicar que tienen una necesidad.